Recuerdo y extraño con nostalgia
aquellos tiempos en el que no conocía los panoramas grises, aquellos en los que
las luces de la ciudad me impresionaban y no me deprimían como hoy al caminar.
Es inefable todo lo que ata ese nudo en la garganta que cada vez es más apretado
y doloroso. Nadie me advirtió que no
sería fácil pero tampoco me explicaron cual difícil podría ser.
Han de saber que las heridas más
dolorosas no se pueden ver, no se pueden tocar, no tienen ese color carmín; han
de saber que son más profundas y no existe antibiótico para sanarla en un
santiamén. Han de haber aprendido que solo el paso del tiempo se vuelve la única escalera hacía lo que llaman
ridículamente superación. Nos mueve la vida cual imitando al viento decide un
rumbo por nosotros, rumbo en el que damos paso egoístas, sinceros solo para el
interior retorcido que nos compone. Maldito aquel que no es honesto consigo
mismo, que no admite lo bruto de su mente y que trata de huir de aquellos
pensamientos. Aquel que es tonto y tras una máscara actúa cobardemente ante la
espalda del atlas y la luz solemne de la luna. Extraño aquellos días en que mis
labios seguían secos y mis ojos no conocían la atracción, aquellos días en los
que la mentira me daba miedo y la verdad parecía ser el solvente de aquellas
aguas que se movían turbias.
Bendito que te metiste por los
ojos y te saliste de la bomba palpitante de mi pecho sin saber ni cuándo. Me
dueles. La furia con la que esta vez se guiaron
las partículas que me han compuesto desde mi nacimiento, es desconocida, es
letal y es claramente algo que no conocía de mi. Sí, hablo de que aquella
persona que actúa con máscara, aquella persona que esconde y trata de decir que
no es tan mala, aquella que se desasocia de quien es en su interior, no lo has
sido tú. Me he convertido en aquella gotera que molesta por la noche, esas
gotas golpeadoras que reflejan como poco a poco sale esa parte que me avergüenza.
No para de llover y a pesar de que el frío me gusta la verdad es que mi alma
necesita esa calidez que se fue de aquí hace tiempo y no, no es la calidez del
amor y tampoco de la amistad, es aquella que pocas personas continúan llevando
consigo. Extraño tanto pues, el calor de la tranquilidad y el sentimiento de
una conciencia sin manchas profundas. Moriré quizá sin volverle a saludar.

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