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lunes, 1 de febrero de 2016

NO PARA DE LLOVER.



Recuerdo y extraño con nostalgia aquellos tiempos en el que no conocía los panoramas grises, aquellos en los que las luces de la ciudad me impresionaban y no me deprimían como hoy al caminar. Es inefable todo lo que ata ese nudo en la garganta que cada vez es más apretado y doloroso.  Nadie me advirtió que no sería fácil pero tampoco me explicaron cual difícil podría ser.
Han de saber que las heridas más dolorosas no se pueden ver, no se pueden tocar, no tienen ese color carmín; han de saber que son más profundas y no existe antibiótico para sanarla en un santiamén. Han de haber aprendido que solo el paso del tiempo se  vuelve la única escalera hacía lo que llaman ridículamente superación. Nos mueve la vida cual imitando al viento decide un rumbo por nosotros, rumbo en el que damos paso egoístas, sinceros solo para el interior retorcido que nos compone. Maldito aquel que no es honesto consigo mismo, que no admite lo bruto de su mente y que trata de huir de aquellos pensamientos. Aquel que es tonto y tras una máscara actúa cobardemente ante la espalda del atlas y la luz solemne de la luna. Extraño aquellos días en que mis labios seguían secos y mis ojos no conocían la atracción, aquellos días en los que la mentira me daba miedo y la verdad parecía ser el solvente de aquellas aguas que se movían turbias.

Bendito que te metiste por los ojos y te saliste de la bomba palpitante de mi pecho sin saber ni cuándo. Me dueles. La furia con la que esta vez se guiaron las partículas que me han compuesto desde mi nacimiento, es desconocida, es letal y es claramente algo que no conocía de mi. Sí, hablo de que aquella persona que actúa con máscara, aquella persona que esconde y trata de decir que no es tan mala, aquella que se desasocia de quien es en su interior, no lo has sido tú. Me he convertido en aquella gotera que molesta por la noche, esas gotas golpeadoras que reflejan como poco a poco sale esa parte que me avergüenza. No para de llover y a pesar de que el frío me gusta la verdad es que mi alma necesita esa calidez que se fue de aquí hace tiempo y no, no es la calidez del amor y tampoco de la amistad, es aquella que pocas personas continúan llevando consigo. Extraño tanto pues, el calor de la tranquilidad y el sentimiento de una conciencia sin manchas profundas. Moriré quizá sin volverle a saludar.

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